miércoles, 17 de octubre de 2007

Hay algo que mueve mi interior

En ocasiones pienso que la búsqueda que hago de Dios pudiera no ser tan pura. Y que quizás lo haga, por miedo o conveniencia. Sin embargo y para consolación de mi ser, estoy convencido que aunque muchas veces me haya acercado a El con esas intenciones, la realidad es que brota desde lo más profundo de mí, una necesidad imperiosa de encontrarme con esa corriente de amor y que me envuelva y me lleve a buen puerto.


Siguiendo con esa analogía y como bien lo han comentado varios articulistas que he leído, la bendita realidad es que cuando uno busca esa corriente en el océano inmenso del amor de Dios, cuando menos piensas, ya estás inmerso en ese mar infinito, y es el océano el que te envuelve y cuando menos lo esperas la corriente que buscabas te encuentra a ti y te lleva con suave deleite a mares más profundo y a lugares insospechados pero siempre con la compañía amorosa de nuestro buen Dios.

Repito entonces, esa necesidad profunda de llenar mi vacío con el Inconmensurable, es real, es auténtica, es sincera. Es el sello indeleble de mi naturaleza que llama y busca a su creador.

Lo que me atosiga es el hecho de que a veces parece que no todos lo ven o perciben así. Y he aquí porqué me siento atosigado, ya que quiere decir entonces que por alguna razón Dios lo hace conmigo y con otros no. Al menos esos otros tienen la misma necesidad pero no saben o no quieren saber que sólo Dios la puede saciar.

A lo que voy es que brota entonces también una imperiosa necesidad de hacer algo, de poner en circulación esta buena noticia, de salir a cantar la victoria del Dios que salva. Es por ello que la parábola de la perla escondida que nos dejó Jesús nos habla de que el hombre al encontrarla fue y vendió todo lo que tenía para venir y comprarla.

Pero ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo decirles sin miedo a todos que Dios es verdad que nos ama? Uno mismo no es digno de su reino, es inclinado al pecado… y aun así tener que salir y gritar a los cuatro vientos que nacimos y que estamos en este mundo por gracia y obra de Dios, que El nos formó con amor desde el vientre de nuestra madre, que nuestro Padre Dios ya nos amaba desde siempre y que nos tiene en la palma de su mano, que no somos un error o una coincidencia y que fuimos hechos para gozar de ese amor gratuito.

¿Cómo explicarlo? Que precisamente por nuestros pecados es que se encarnó y se hizo hombre y que por nosotros murió y resucitó y que nos ha conseguido la reconciliación con nuestro Padre Dios. Que sin ese acto sublime de amor no seríamos salvos y estaríamos condenados al sufrimiento perpetuo.

No es fácil cuando no nos despojamos de la preocupación por el qué dirán, no es sencillo cuando lo queremos hacer con nuestros propios medios. Es incluso pecaminoso cuando lo hacemos buscando nuestra propia gloria.

Pero el grito de batalla sigue ahí, el llamado del Señor es claro.

Dios, te pido tu gracia para hacer no lo que me plazca sino hacer lo que te agrada, no lo que yo quiera sino aquello que te de mayor gloria.

Así sea

Gilberto Palomares

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