sábado, 23 de agosto de 2014

La Espiritualidad Cristiana

Notas tomadas de una prédica de Alex Satyrka S.J.

La espiritualidad Cristiana como actitud de vida
La fe Cristiana propone un camino práctico vivencial, (no especulativo o conceptual), que ayuda al acercamiento con el Dios verdadero, introduciéndonos en la vida de nuestro Creador, como experiencia de comunión ya que el Dios en el que creemos es una comunidad de amor, y fuimos creados precisamente para ser partícipes de esa comunión. Y en esto consiste nuestra salvación y nuestra sanación: en ser introducidos a la dinámica de la Trinidad, a la comunión con Dios y a la vida de Él.


Por ello, la fe Cristiana es una actitud de vida, no es solamente una serie de proposiciones doctrinales. Cabe decir, empero, que la doctrina es un referente indispensable y muy necesario ya que la revelación nos ayuda para no desviarnos e impedir que cada quien se invente cosas falsas acerca de Dios y su Voluntad; es decir, para ubicar correctamente cada quien su propia experiencia de Dios.

Sin embargo, conocer estas disposiciones doctrinales nunca sustituye la experiencia de Dios; nos da criterios para juzgar esa experiencia pero no la reemplaza. Por ello es tan importante la espiritualidad. De ahí que lo fundamental no es conocer de Dios desde una perspectiva meramente cognitiva, sino amar a Dios, encontrarme con Dios.

Así, la fe es ante todo una experiencia, una manera de percibir el mundo, una sensibilidad particular. Eso es ser cristiano, no solamente decir: creo en Jesús y en todos los artículos del catecismo. Porque si yo no “siento” como “siente” Jesús, sería una temeridad decir que soy cristiano.

El cristiano más que saberse cosas de memoria, tiene una manera particular de ver y sentir el mundo, de ubicarse en el mundo. Una apreciación de este mundo desde la mirada de Dios, que nos permitir ver las cosas que están como Dios quiere y aquellas que necesitan ser transformadas para que sean como Él las quiere.

Esta sensibilidad particular es desarrollada por la asidua intimidad con Dios que se revela como fuente de amor infinito e incondicional.

Dios nos la transmite, pero no es algo mágico; lo hace porque “gastamos” tiempo con El. Hay un dicho que dice: “dime con quién andas y te diré quién eres”. En otras palabras, si pasamos tiempo con Dios con una correcta actitud, esta sensibilidad irá creciendo en nuestro corazón. Y eso es lo que busca toda espiritualidad: que la persona se acerque más y mejor al encuentro con el misterio de Dios.

Esta intimidad se origina de manera particular en la participación cotidiana en la oración personal como comunicación con Dios. Y es que en el fondo, la oración es eso: una comunicación con Dios y ahí es precisamente donde desarrollamos esa intimidad con Él.

Esta intimidad está llamada a ser tal, que el creyente se perciba “habitado” por Dios, es decir, que Dios vive en él. Dios está en lo más profundo de mí ser, no es algo externo, es lo más mío de mí mismo. La oración me llevará a percibirme también “con-formado” con Dios. Es decir, unido a Él en una unión común, una comunidad de amor donde Él me va formando, me ayuda a ser más pleno el proyecto que Él tiene preparado para mí.

Ingenuidad-Malicia-Inocencia
La Revelación nos enseña que el ser humano salió de las manos de Dios bueno pero ingenuo, porque no entendía completamente la diferencia entre el bien y el mal. Y por ello fueron Adán y Eva presas de un engaño del espíritu maligno. La realidad del mal, el pecado, les arrebató con engaños esa bondad que era infantil e ingenua y los instaló en el pecado, en la enfermedad de la malicia; que es la inclinación maligna con que se dice o hace algo. El contacto con el mal nos contagia y en ese estado dejamos de ver el mundo con los ojos de Dios y empezamos a verlo con los ojos del mal. Se ha popularizado el dicho “piensa mal y acertarás” que es la frase típica de un enfermo de malicia, que en todos lados anda viendo el mal, y si no lo haya lo inventa, lo crea, con difamaciones por ejemplo, o como pueda. 

Sin embargo, el proceso de Redención de nuestro Señor Jesucristo nos cura de la malicia y nos capacita para crecer y alcanzar nuestra vocación: la inocencia, el estado del alma limpia de culpa (una bondad sabia, adulta, que distingue el bien del mal). Estamos pues llamados a crecer en la inocencia por imitación de Cristo que es el inocente por antonomasia.

Él nos saca de la malicia y nos lleva a la inocencia. Nos cura de esa enfermedad y nos capacita para crecer y alcanzar nuestra vocación: ser inocentes; que no es lo mismo que ingenuo. Este último al no distinguir entre el bien y el mal comete errores y pecados que le cuestan a él y a la gente que lo rodea. Al buscar la inocencia, buscamos ser semejantes a Dios que es el Inocente.

La mística cristiana católica de la Compañía de Jesús (Jesuitas) fundada por San Ignacio de Loyola, ha desarrollado una didáctica espiritual que nos ayuda en este proceso. Una serie de pasos o etapas (una mistagogía) que van conduciendo al creyente de manera progresiva para alcanzar el siguiente nivel de manera gradual. Este caminar nos permite captar y responder mejor a la Gracia divina.

El paradigma de la transfiguración
El camino propuesto es: primero conocer a Dios para luego ser como El.
Ser otro Cristo, (“Alter Christus” como se decía en el pasado) ese es el llamamiento del cristiano. Ser seguidor de Cristo, parte, miembro activo de su cuerpo. Esto significa salir de la ceguera espiritual para percibir la Presencia de nuestro creador en nuestra vida.

En la narrativa del evangelio del pasaje de la transfiguración, la mayoría de nosotros creemos que algo le pasó a Jesús (blancura, su rostro brillaba, etc.) pero casi todos los místicos y la patrística cristiana, subrayan que no le pasó nada a Jesús, que no cambió nada. ¿Qué sucedió entonces? Cambió la mirada de los apóstoles; finalmente captaron a quién tenían enfrente. Pudieron ver; se les quitó un velo de los ojos. Por eso el proceso es: verte como tú eres Señor, conocerte como tú eres, para ser como tú eres Señor.

Lo que nos pasa a la mayoría es que no vemos a Cristo, no lo captamos, en otras palabras, estamos espiritualmente ciegos. Si tuviéramos la mirada limpia del corazón lo veríamos en todo y en todos. Al no tenerla, no lo captamos. Necesitamos entonces un proceso que nos vaya sanando para que podamos mirar con claridad. Una espiritualidad bien llevada, va permitiéndome dejar atrás la ceguera para finalmente, ver, captar la presencia de Dios y desde esa relación cercana con el Señor poder ordenar correctamente mi vida. Salir de la ceguera para percibir la presencia.

Podemos decir que vivimos desterrados del paraíso como nos dice el texto del génesis, y estamos llamados a retornar, como el hijo pródigo, a nuestra casa, ya no como menores de edad, ingenuos, sino como adultos conscientes y maduros, es decir: inocentes. El hijo adulto regresa a casa pero con experiencia, se da cuenta que lo que hizo estuvo mal, distingue que eso no fue bueno. Se podría decir que desarrolló una cierta sabiduría.

Cristo pues es quien nos puede alcanzar la inocencia; porque hemos sido ingenuos pero no necesariamente inocentes.

La transmisión de la Fe
El cristianismo es una religión basada en una doctrina correcta transmitida en textos sagrados (Revelación: Sagradas Escrituras, Tradición Viva), es decir, es exotérica (público); pero también es transmitida de persona a persona, a través de un testimonio basado en la propia experiencia de conversión, de encuentro con la Verdad, y de maduración en la fe (como un modelaje o paternidad/maternidad espirituales, dar a luz a alguien en la fe); y por ello la fe también es esotérica (privada); cabe aclarar que el término aquí expresado “esotérica” no tiene nada que ver con lo que popularmente se relaciona (cartas, tarot, lectura del café, manos, etc.) sino que hay que entenderlo en su sentido etimológico correcto: “privado”. Porque así nace la fe, en la transmisión de persona a persona. Jesús transmite la fe a los apóstoles, ellos a otras personas y así sucesivamente hasta llegar a nosotros “a través de una secuencia larguísima de rostros”. Porque todos necesitamos de otras personas que nos faciliten el nacimiento en la fe. Por ello, podríamos decir que esas personas son nuestros “mistagogos”, nuestros maestros espirituales.

Balance entre Doctrina y Carisma
En toda formación religiosa hay dos elementos, uno doctrinal y otro carismático. Es lo que se suele llamar exoteria y esoteria tal como se describe líneas arriba.

La Doctrina es el polo identitario: Un marco de referencia necesario para no “perderse”. Es lo que Dios ha revelado de sí mismo. Pero sobre todo se preocupa por encarnar eso en la vida de las personas, suscitando los carismas para experimentar al Dios revelado. Permite entender y ubicar la experiencia fundante de encuentro con Dios. Se manifiesta como elementos doctrinales revelados (Sagrada Escritura, Tradición Viva y probada). Transmite los criterios de autenticidad de la experiencia personal para evitar “falsificaciones” (doxa, dogma). Para saber si lo que estamos viviendo o experimentando es o no de Dios.

Así como hay un polo identitario, también hay un polo adaptativo: El Carisma, que es la necesaria experiencia personal de “encarnación” o adaptación de la experiencia fundante: Mi encuentro personal con Dios.

De poco nos serviría saber que tantísimos santos tuvieron una experiencia personal con Dios si yo no tengo acceso a ella. Por eso es importante que cada uno recorra un camino para tener cada quien su propia experiencia de Dios.

Se manifiesta como carismas (dones) que permiten “actualizar” la experiencia fundante. Es abordar lo que nos enseña la doctrina, pero ya como algo propio, algo mío. Algo que yo mismo experimento, no algo que me contaron sino algo que viví en carne propia. Otorga el dinamismo interior capaz de “guiar” al individuo para ubicarse en el orden de la Creación, en el cosmos.

Toda espiritualidad tiene que tener cuidado de mantener un equilibrio entro dogma y carisma.

Cuando la Doctrina domina sin encarnación, sin carisma, lleva al anquilosamiento, al inmovilismo, a la incapacidad de adaptación y finalmente a la muerte.

Hoy en día tenemos un problema de transmisión de la fe; cuesta transmitir esa fe a las nuevas generaciones, quizás en parte por querer seguir utilizando métodos de hace 50 años que no les “llega” a los jóvenes dado que pertenecen a una cultura distinta, y por ello habría que buscar que surjan nuevos carismas que ayuden a esa nueva evangelización; pero probablemente también sea en parte porque la mayoría de los adultos de hoy recibieron la fe como una serie de contenidos, es decir, dogmas; una serie de cosas que encontramos en un texto, en un catecismo, y a los jóvenes eso no les llama la atención ya que por la facilidad de acceso a la información, se dan cuenta que también hay textos judíos, budistas, islámicos, etc. y eso los confronta, ¿Por qué creer en lo que les decimos acerca del cristianismo?

Muy diferente es cuando alguien ha tenido una experiencia de encuentro con Cristo y transmite esa experiencia de amor, porque para él, Jesús no es una idea, es una persona, una realidad. Entonces el interlocutor capta la veracidad de esa experiencia, percibe que no es “un rollo” tal como lo describen los jóvenes hoy en día. Y en el fondo es que ellos no quieren “rollos”, quieren experimentar a Dios.

Sin embargo, cuando la Doctrina falta, lleva a la pérdida de identidad; tal como sucede con las corrientes pseudo espirituales como el “new age”, se toma un poquito de esto, un poco de aquello otro, y al final no tenemos nada. La persona se queda en una superficialidad.

Por otro lado, cuando el Carisma domina, lleva a la improvisación, pérdida de identidad, siempre buscando cosas nuevas, novedades todo el tiempo; búsqueda consumista de experiencias. Cuando falta, lleva al legalismo desencarnado, es decir, al fariseísmo.

Repitiendo, una buena espiritualidad mantiene un equilibrio entre doctrina y carisma.