martes, 26 de marzo de 2013

Primera carta de San Juan

La primera carta de San Juan está dirigida a varias comunidades de Asia Menor, donde a fines del siglo I este Apóstol gozaba de una gran autoridad. Lo mismo que en el Prólogo de su Evangelio, Juan comienza su primera Carta presentando a Jesús como la Palabra de Vida:
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos” (1. 1)
Como en el cuarto Evangelio (Jn. 19. 35; 21. 24), también aquí Juan insiste en su condición de testigo ocular del Señor:
Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado” (1. 2)

Por el tono polémico de ciertos pasajes de la Carta, se puede concluir que dichas comunidades atravesaban por una grave crisis. Algunos “falsos profetas” comprometían con su enseñanza la pureza de la fe:
“Queridos míos, no crean a cualquiera que se considere inspirado: pongan a prueba su inspiración, para ver si procede de Dios, porque han aparecido en el mundo muchos falsos profetas” (4. 1)
“Ellos salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros. Si lo hubieran sido, habrían permanecido con nosotros. Pero debía ponerse de manifiesto que no todos son de los nuestros” (2. 19)
“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo” (2. 22)

Su comportamiento moral no era menos reprobable, pretendiendo estar libres de pecado:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”… “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1. 8, 10)

Y estos falsos profetas no se preocupaban de observar los mandamientos, en particular, el del amor al prójimo:
El que dice: «Yo lo conozco», y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él… El que dice que está en la luz y no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas” (2. 4, 9)
“Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no procedemos conforme a la verdad” (1. 6)

Para combatir estos errores, Juan muestra quiénes son los que poseen realmente la filiación divina y están en comunión con Dios. Con este fin, propone una serie de signos que manifiestan visiblemente la presencia de la Vida divina en los verdaderos creyentes.

Entre esos signos, en el orden doctrinal, se destaca el reconocimiento de Jesús como el Mesías:
“En esto reconocerán al que está inspirado por Dios: todo el que confiesa a Jesucristo manifestado en la carne, procede de Dios” (4. 2)

Y en el orden moral, sobresale la práctica del amor fraterno, el cual es objeto en esta Carta de un desarrollo particularmente amplio. Para Juan, el auténtico creyente es el que ama a su hermano ya que nos dice:
“El que ama a su hermano permanece en la luz y nada lo hace tropezar” (2. 10)

Y más adelante prosigue:
Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (4. 7)

El que no ama, en cambio, está radicalmente incapacitado para conocer a Dios:
El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (4. 8)
“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (4. 16)

EXHORTACIÓN A VIVIR EN LA LUZ
“La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas” (1. 5)

«Dios es Luz» ¡Qué hermosa noticia! La metáfora de la luz aplicada a Dios era frecuente en las religiones antiguas. También San Juan la utiliza, como lo hace Pablo cuando dice que Dios «habita en una luz inaccesible» (1 Tim. 6. 16)

Y el autor de esta Carta nos advierte que para entrar en comunión con Dios es necesario «caminar» en la luz:
Pero si caminamos en la luz, como Él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado” (1. 7)

Así retoma una típica expresión bíblica que equivale a «vivir en la luz». Si queremos vivir en la luz, tenemos que comenzar por reconocer nuestra condición de pecadores y dejarnos justificar por Jesucristo:
Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (2. 1-2)

De ahí en más, debemos cumplir los mandamientos de Dios. Esta es la señal de que conocemos verdaderamente a Dios:
“La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos”…El que dice que permanece en Él, debe proceder como Él” (2. 3, 6)
“No amen al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo –los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la ostentación de la riqueza– no vienen del Padre, sino del mundo. Pero el mundo pasa, y con él, sus deseos. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente” (2, 15-17)

El otro conocimiento, el meramente intelectual, es un engaño. Y el gran mandamiento que debemos cumplir, el mandamiento «nuevo» y «antiguo» a la vez, es el del amor al prójimo:
“Queridos míos, no les doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendieron desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que ustedes oyeron” (2. 7)
“Su mandamiento es este: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como él nos ordenó” (3. 23)
Pero el que no ama a su hermano, está en las tinieblas y camina en ellas, sin saber a dónde va, porque las tinieblas lo han enceguecido (2. 11)

EXHORTACIÓN A VIVIR COMO HIJOS DE DIOS
Al tema de la luz sigue el de la filiación divina. No se trata de la filiación común a todos los hombres a partir de su nacimiento físico, sino de la filiación adoptiva por el renacimiento espiritual, al que se refiere Jesús en su conversación con Nicodemo (Jn. 3. 5-6). Esa filiación no es el resultado del esfuerzo humano, sino un regalo del amor de Dios.
“!Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él” (3. 1)
“Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados” (4. 10)

Tampoco es un mero título. Es una maravillosa realidad, que todavía no se ha manifestado plenamente. Su término será la contemplación de Dios. De ese extraordinario anuncio brota una consecuencia muy lógica. Si somos hijos de Dios, debemos parecernos a él, ser verdaderas imágenes suyas, imitarlo en su manera de obrar:
“El que tiene esta esperanza en Él, se purifica, así como Él es puro”… “Hijos míos, que nadie los engañe: el que practica la justicia es justo, como Él mismo es justo” (3. 3, 7)

¿Acaso no nos dice san Pablo: «Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos»? (Ef. 5. 1). ¿Y qué mejor manera de imitar a Dios que amar a nuestros hermanos como él nos amó? Él se entregó a nosotros en la persona de su Hijo. Por eso debemos estar dispuestos, incluso, a dar la vida por los demás:
“En esto hemos conocido el amor: en que Él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?” (3. 16-17)

EXHORTACIÓN A VIVIR EN EL AMOR
El tema del amor está latente en toda esta Carta, pero llega a su punto culminante en la última parte. «Dios es luz», nos había dicho Juan al comienzo, y ahora nos anuncia: «Dios es amor». Aquí nos encontramos con una de las páginas más admirables de la Biblia. Decir «Dios» es decir «amor», el Amor con mayúscula. Por eso el Apóstol afirma tan lapidariamente:
“El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (4. 8)

Sólo el que ama lo conoce y entra en íntima comunión con él. Pretender amar a Dios sin amar a los hermanos es el peor de los engaños:
“El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (4. 20)
“Hijitos míos, no amemos con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (3. 18)

Por otro lado, Juan afirma también que:
“La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (5. 2)

No se trata de una contradicción. El autor de la Carta quiere enseñarnos que únicamente el que ama de verdad a Dios puede amar a los hombres como «hijos de Dios». Es decir, de una manera nueva y mucho más profunda, descubriendo en ellos lo que escapa al mero conocimiento humano. Y para amar así a los hombres, es necesaria la fe en Jesucristo, en quien el amor de Dios se hizo plenamente visible. El que tiene esa fe «vence al mundo» con la fuerza del amor:
“El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga,  porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (5.3-5)