miércoles, 17 de octubre de 2012

La fe y la conversión

Tomado del libro de José Prado

Si Jesús ya nos salvo ¿por qué entonces no experimentamos todos los frutos de la salvación en nuestra vida y en nuestro mundo? Ciertamente él ya nos salvó y nos dio la Nueva Vida. Pero lo que hace falta es que nosotros aceptemos y recibamos lo que Jesús ya ha ganado para nosotros.


Un hermano tuyo te envía un documento (testamento) donde te hereda todos sus bienes, con la única condición de que tienes que ir donde él está para tomar posesión de ellos. Él ya te los dio. Son tuyos, pero para poder hacer uso de ellos debes ir con tu hermano. Jesús es tu hermano que te invita a participar su herencia de Hijo de Dios. Él ya te dio la capacidad de llegar a vivir como tal. Lo único que necesitas es ir a el para hacer tuya la Vida Nueva que él te ha regalado.

¿Qué debemos hacer para vivir la vida de Jesús?, le preguntó aquella multitud a Pedro la mañana gloriosa de Pentecostés. Toda esa gente se había dado cuenta de que los Apóstoles, junto con María, Vivian la vida humana de tal forma, que inspiraba a los demás a querer vivir de la misma manera. La respuesta de Pedro fue sencilla: crean en Jesús, conviértanse de sus pecados, y entonces podrán vivir la vida del Hijo de Dios resucitado. Fe y conversión es lo único que nosotros necesitamos para vivir la vida" de Dios traída por Jesús.

LA FE
La fe es el medio necesario para conectar con la salvación, pues por ella habita Cristo en nuestro corazón. Ciertamente solo Jesús salva, pero el medio por el cual esa salvación llega hasta nosotros es la fe. Hemos sido salvados por gracia, mediante la fe, y esto no viene de nosotros mismos, si no que es un don de Dios. La total justificación la obtiene por Jesucristo todo el que cree. Esta fe, don de Dios, es al mismo tiempo la respuesta a su iniciativa, que le dice: "si te creo, y acepto cien por ciento al que Tu enviaste a este mundo para salvarme". Es confianza, dependencia y obediencia a Jesús Salvador, muerto y resucitado que es el único mediador entre Dios y los hombres.

La fe es la certeza de que Dios va a actuar conforme a las promesas de Cristo. Por tanto, la fe no es creer en algo, sino en Alguien; y entregarse a esa persona sin límites ni condiciones. Tampoco es un asentimiento intelectual a cosas que no entendemos, sino una confianza y dependencia a Dios y su plan de salvación. La fe ni es un sentimiento, ni se mide por la emoción, ni tampoco es autosugestión. Es una decisión total del hombre que envuelve todo su ser y compromete toda su persona. Dice la biblia que si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia y con la boca se confiesa para conseguir la salvación.

Cuando Pablo habla de corazón y boca se está refiriendo tanto a lo más íntimo, como a lo más externo del hombre. Es decir, la fe tiene que ser tan profunda como manifiesta. La fe, por tanto, nos lleva a actuar conforme a lo que creemos, cambiando nuestra forma de vivir. De otra manera no es fe, sino sentimiento, ideología o creencia. La fe en Cristo muerto y resucitado nos llevará a morir con él para resucitar con él. La fe, o se manifiesta, o no es fe. La fe que no se manifiesta seria como un fuego que no calienta ni quema. La fe, por ser fe, debe ser tanto interior como exterior.

Jesús ya realizó de una vez para siempre nuestra salvación. Por la fe nosotros aceptamos, recibimos y hacemos nuestra esa salvación ya ganada por su muerte y gloriosa resurrección. Ahora bien, la fe en que Jesús ya nos salvó, no nos permite buscar otros medios de salvación. Sería como si para subir a un edificio muy alto tratáramos de ascender por la escalera, teniendo el elevador a nuestra disposición. Jesús es ese elevador que nos lleva al Padre. Solo hay que meternos en el por la fe para que nos lleve hasta Arriba.

Para experimentar plenamente la salvación de Dios es necesario esperarla con la seguridad que viene de la confianza en que Dios cumple lo prometido: Hágase en vosotros según vuestra fe, dijo Jesús a los dos ciegos que luego recobraron la vista. Por otro lado, el esperar en Jesús significa confiar y depender solo de él, y de nadie más. La fe, dice Jeremías, "es la mano que toma la obra salvífica de Cristo y la ofrece al Padre". Es como la tubería que hace que el Agua Viva de la salvación llegue hasta nosotros, o como el cable que transporta la fuerza de la obra de Cristo a nosotros. 

La fe se vive en cada circunstancia de nuestra vida, y de esa manera es posible experimentar en cada momento la salvación de Jesús. Por eso, recuerda San Pablo las palabras del profeta: "El justo vivirá por la fe". Es decir, vamos caminando de fe en fe, dando sucesivos pasos. Un paso no nos lleva hasta la meta, pero si nos acerca. Por tanto, es necesario que hoy demos un primer paso en fe manifestando que creemos en Dios y su plan de salvación sobre nosotros.

CONVERSION
La forma más concreta como se manifiesta la fe es mediante la conversión. Siempre se ha dicho que la conversión es un cambio de vida, pero esto no quiere decir que se reduce a un cambio de moral. El cambio de moral es consecuencia del cambio de vida, y la conversión es mucho más profunda que un simple cambio de conducta. La conversión consiste en que yo entregue una cosa y reciba otra a cambio. En nuestro caso entregamos nuestra vida sin valor, tal y como esta, con nuestro pecado. Es decir, entregamos una vida devaluada por las heridas del pecado, pero a cambio recibimos la Vida misma de Jesús: la única que en verdad tiene valor y que jamás se devalúa. Es una Vida que ciertamente vale la pena porque es vida de gozo, paz, justicia, entrega y fe.

La conversión no es sólo dejar el pecado para vivir honestamente. Ni siquiera es una vida de fidelidad a los preceptos y mandatos del Señor. Es mucho más que eso. Se trata de convertirnos de siervos de Dios en amigos suyos; de pasar de justos a hijos; de "no hacer el mal a nadie" a dejar a Dios hacer lo que Él quiere en nuestra vida. Jesús es como un Divino Barrendero que ha venido a barrer y a llevarse toda nuestra basura: miseria, enfermedades y pecados; tristezas y angustias; problemas y desesperación; falta de sentido a la vida y todo lo que no nos deja vivir. Todo eso es basura en tu vida, y Jesús, Basurero Divino, quiere llevárselo hoy. El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades.

Se lleva nuestra basura para destruirla completamente arrojándola hasta el fondo del mar. Lo único que nos pide es que pongamos nuestra "basura" en su lugar: a los pies de su cruz, para que con su Sangre redentora sea destruida. Sin embargo, no basta entregar lo negativo y pecaminoso de nuestra vida. Es necesario también entregar todo aquello en lo que tenemos puesta nuestra esperanza de alguna forma, para esperar solo la salvación que viene de Dios. Cuando Simón Pedro se hundía en las aguas del mar de Galilea pidió ayuda a Jesús. Cierto que Pedro sabía nadar perfectamente, pues era pescador, pero prefirió ser salvado por la mano de Jesús, y se abandonó plenamente a él. Si el pecado nos había hecho romper nuestra relación con Dios, ahora que por Cristo hemos sido reconciliados con Dios hemos de romper completamente con el pecado y con todo aquello que nos acerca a él. 

La fe nos lleva a renunciar a todo otro medio de salvación fuera de Jesús; despojarnos de cualquier otra "rama" que no sea la cruz de Cristo. Al hacerlo así le damos a Dios la oportunidad de intervenir salvíficamente en nuestra vida; ya que de esa manera estamos proclamando que no hay otro nombre para ser salvados.

Así como Dios abrió el Mar Rojo para que su pueblo lo atravesara rumbo a la tierra de libertad y lo cerró inmediatamente después que pasaron. Es necesario que Dios cierre ese mar para que jamás podamos regresar a la esclavitud del pecado. Es necesario que nosotros decidamos que jamás queremos regresar allá y quemar todos los medios que nos pudieran ayudar a retornar.