miércoles, 27 de marzo de 2013

Doctrina social y compromiso de los laicos

Tomado de www.vatican.va

A los laicos nos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.

El fiel laico
Con el nombre de laicos se designan a todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, habiendo sido bautizados, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercemos en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde.

Con lo anterior tenemos que nuestra identidad de fiel laico nace y se alimenta de los sacramentos: del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Esto quiere decir que somos discípulos de Cristo a partir de los sacramentos y en virtud de ellos, es decir, en virtud de todo lo que Dios ha obrado en nosotros imprimiéndonos la imagen misma de su Hijo, Jesucristo. Es pues un don.

Precisamente de este don divino de gracia, y no de concesiones humanas, nace el triple «munus» (don y tarea), que cualifica al laico como profeta, sacerdote y rey, según nuestra índole secular al no ser prebíteros y/o religiosos(as).

Nuestra tarea como laicos entonces, es anunciar el Evangelio con el testimonio de una vida ejemplar, enraizada en Cristo y vivida en las realidades temporales: O sea, en la familia; en el compromiso profesional en el ámbito del trabajo, de la cultura, de la ciencia y de la investigación; en el ejercicio de las responsabilidades sociales, económicas, políticas; etc.

Así pues, todas las realidades humanas seculares, personales y sociales, ambientes y situaciones históricas, estructuras e instituciones, son el lugar propio del vivir y actuar de los cristianos laicos. Y precisamente estas realidades son destinatarias del amor de Dios, por lo que nuestro compromiso de  fieles laicos debe corresponder a esta visión.

Como se dijo, el testimonio del laico nace de un don de gracia. Ésta es la motivación que hace significativo nuestro compromiso en el mundo y lo diferencia totalmente de la "mística de la acción", propia del humanismo ateo, carente de fundamento último y circunscrita a una perspectiva puramente temporal.

El horizonte que contempla el más allá, es la clave que permite a los cristianos comprender correctamente las realidades humanas, y desde esa perspectiva (la de los bienes definitivos), somos capaces de orientar con autenticidad nuestra actividad terrena. Hay que señalar siempre que el nivel de vida y la mayor productividad económica, no son los únicos indicadores válidos para medir la realización plena del hombre en esta vida, y valen aún menos si se refieren a la futura. El hombre, sujeto de la historia humana, en efecto, no se limita al solo horizonte temporal, sino que mantiene íntegramente su vocación eterna.

La espiritualidad del fiel laico
Los laicos estamos llamados a cultivar una auténtica espiritualidad, que nos regenere como hombres y mujeres nuevos; inmersos por un lado en el misterio de Dios, pero por otro, incorporados en la sociedad, santos y santificadores. Esta espiritualidad nos hace capaces de mirar más allá de la historia, sin alejarnos de ella; de cultivar un amor apasionado por Dios, sin apartar la mirada de los hermanos, a quienes más bien se logra mirar como los ve el Señor y amar como Él los ama.

Es una espiritualidad que rehuye tanto el espiritualismo intimista como el activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere unidad, significado y esperanza a la existencia, que por tantas y diversas razones es muchas veces una existencia contradictoria y fragmentada.

Así, animados por esta espiritualidad, los fieles laicos podemos contribuir, desempeñando nuestra propia profesión (guiados por el espíritu evangélico) a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hacer manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida.

Los laicos debemos fortalecer nuestra vida espiritual y moral, madurando las capacidades requeridas para el cumplimiento de nuestros deberes sociales. Esto debe ser fruto de un empeño dinámico y permanente de formación, orientado sobre todo a armonizar la vida y la fe.

En nuestra experiencia como creyentes, no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura.

La unión entre fe y vida requiere un camino regulado por la adhesión a la Palabra de Dios; la celebración litúrgica del misterio cristiano; la oración personal; la experiencia eclesial auténtica, el ejercicio de las virtudes sociales y el perseverante compromiso de formación cultural y profesional.

Doctrina social y experiencia asociativa
También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su lugar en la formación de los fieles laicos. Tienen, en efecto, la posibilidad, cada uno con sus propios métodos, de ofrecer una formación profundamente injertada en la misma experiencia de vida apostólica, como también la oportunidad de completar, concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas y comunidades.
 
La doctrina social de la Iglesia es de suma importancia para los grupos eclesiales que tienen como objetivo de su compromiso la acción pastoral en ámbito social. Estos constituyen un punto de referencia privilegiado, ya que operan en la vida social conforme a su fisonomía eclesial y demuestran, de este modo, lo relevante que es el valor de la oración, de la reflexión y del diálogo para comprender las realidades sociales y mejorarlas.

También las asociaciones profesionales, que agrupan a sus miembros en nombre de la vocación y de la misión cristianas en un determinado ambiente profesional o cultural, pueden desarrollar un valioso trabajo de maduración cristiana.

El servicio en los diversos ámbitos de la vida social
Podemos afirmar por último, que la presencia de los fieles laicos en el campo social se caracteriza por el servicio, signo y expresión de la caridad, que se manifiesta en la vida familiar, cultural, laboral, económica, política, según perfiles específicos.

Obedeciendo a las diversas exigencias de su ámbito particular de compromiso, los fieles laicos expresamos la verdad de nuestra fe y, al mismo tiempo, la verdad de la doctrina social de la Iglesia, que encuentra su plena realización cuando se vive concretamente para solucionar los problemas sociales. Y es que la credibilidad misma de la doctrina social reside, en efecto, en el testimonio de las obras y no solo en sus argumentaciones.

Todo lo que ha propuesto el Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen en Dios y a los que no creen en Él de forma explícita, a fin de que, con la más clara percepción de su entera vocación, ajustemos mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tendamos a una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido,  se responda a las urgentes exigencias de nuestra época.