sábado, 9 de mayo de 2009

¿Te suena familiar?

En México, estamos ante un próximo periodo electoral. Otra vez, los políticos recurren a todo lo que esté a su alcance para convencer a la gente de que son la mejor opción. En el fondo, podemos entender cuales son sus verdaderas intenciones. Años de tristes historias de gobiernos ineficaces nos han enseñado a no confiar a la primera. ¿Cómo distinguir la verdad entre el inmenso mar de información que se nos presenta?

La manipulación a través del lenguaje

Una primera forma de esquivar la verdad o la objetividad que utilizan algunos políticos, es mediante el recurso a determinadas palabras o frases breves.
Por ejemplo, la descalificación de personas, grupos o instituciones, colocándoles una «etiqueta» de connotaciones peyorativas. El que la arroja, no aporta argumentos ni datos objetivos; simplemente, intenta descalificar amparándose en una palabra generalmente ofensiva:

- «Fulano es un retrógrado».
- «Ese hombre es un fascista».

Los eslóganes son frases concisas, pensadas para incitar a las personas a realizar un determinado comportamiento o cambiar una actitud. Lanzan unos mensajes incisivos que, considerados en sí mismos, no son positivos ni negativos. Su valoración dependerá de la finalidad.

Son valiosos, eso sí, los eslóganes veraces, que se orientan hacia la mejora de las personas y de la sociedad. Son negativos en cambio -manipuladores- los que desfiguran la realidad o promueven conductas contrarias a la dignidad de la persona.
Y los políticos con frecuencia se ponen al servicio de intereses particulares, del beneficio económico, de ideologías reduccionistas, etcétera, sin considerar el bien de las personas, el bien común de la sociedad.

Otras veces se hacen servir de unas palabras «mágicas» o de moda, que contrastan con otras consideradas negativas. He aquí una lista de algunas de ellas:

Palabras «mágicas»:
Libertad. Autonomía. Progreso. Diálogo. Consenso. Moderno. Nuevo. Futuro. Éxito. Tolerancia.

Palabras negativas:
Obediencia. Limitación. Conservador. Intransigencia. Anticuado. Viejo. Pasado. Fracaso. Fanatismo.

A la hora de hacer un discurso, exponer un punto de vista, o defender una tesis, basta con componer unas frases convincentes, hábilmente aderezadas con palabras mágicas, para que sume un efecto asombroso.

Por el contrario, si se desea descalificar algo o a alguien, basta construir unas frases adornadas de palabras negativas, para que el resultado no se haga esperar.

En ambos casos, las razones objetivas o argumentos suelen brillar por su ausencia.

Sin embargo, según las palabras utilizadas, la «argumentación» suena de modo bien distinto:

"La nueva reforma educativa se ha elaborado en un clima de libertad y diálogo. Sentará las bases para el éxito escolar y preparar a los jóvenes para progresar en su vida futura".

"La reforma educativa presenta viejas limitaciones, responde a planteamientos intransigentes y conllevará más fracaso escolar".

Tras la verborrea de las palabras, hay que discernir y detectar las razones y sinrazones de lo que se afirma.

El lenguaje oral
El lenguaje oral puede ser también, en algún caso, portador de virus contaminadores que una mente atenta debe aprender a detectar. Veamos un ejemplo característico.

Podría denominarse como la «respuesta predeterminada».
Consiste en plantear astutamente una cuestión cuya respuesta ya está prefigurada de antemano. Tal sería el caso de una pregunta formulada en los siguientes términos:

«¿Es una locura tener hoy día más de dos hijos?».
La respuesta que se pretende primar puede adivinarla el amable lector. Formúlese, sobre la misma cuestión, esta otra pregunta:

« ¿Por qué los padres son tan poco generosos en relación al número de hijos?».
También aquí se orienta la respuesta intencionadamente. Un debate correcto, bien planteado, debería incidir en las causas y posibles soluciones del problema de la natalidad.

...¿Te suena familiar?


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