jueves, 15 de noviembre de 2012

Pensamiento no esencialista

Por Fray Nelson Medina tomado de www.fraynelson.com

La Biblia desconoce la noción de planeta, así como desconoce muchas --la mayor parte-- de las nociones científicas. La Biblia no descalifica una hipótesis levógira sobre las enzimas hepáticas entre otras cosas porque no tiene ninguna teoría enzimática en ninguno de sus versículos. Del mismo modo, no entra en su campo de afirmaciones o negaciones si lo que ella llama "tierra" es o no es un planeta.
De hecho hay señales claras de que lo que la Biblia llama "Tierra" o "mundo" en ningún caso corresponde con lo que la ciencia posterior a Galileo llamaría "planeta". Y eso es muy importante tenerlo en cuenta para el diálogo fructuoso con los astrofísicos de nuestro propio tiempo.
 
Es curioso: si uno busca "planeta" en un diccionario bíblico es posible que encuentre unas cuantas referencias. Un caso interesante es el de Hch 7,43, en el discurso de Esteban, el protomártir del cristianismo, frente a las autoridades judías. Esteban recuerda las antiguas rebeldías del pueblo elegido y entre ellas alude a que, "ustedes cargaron con el santuario del dios Moloc y con la estrella del dios Refán, imágenes de dioses que ustedes mismos se hicieron para adorarlas". Se ha llegado a determinar que esta "estrella" del dios Refán no era ninguna estrella sino el planeta Saturno.
 
Sin embargo, notemos que ni los israelitas, ni los primeros cristianos, ni los egipcios que tenían este dios Refán tenían el concepto de planeta. Para los habitantes de las orillas del Nilo ese no era un planeta, sino una luz que se movía en los cielos y que mostraba el caminar de Refán. Es decir: la Biblia condena la idolatría pero no tiene una teoría astronómica sobre el "verdadero ser" de Refán. Ya se tratara de un cometa, meteorito, asteroide, planeta o satélite de la NASA, lo grave es que fue adorado por los antepasados y que eso no le dio gloria a Dios.
 
La Biblia en general se preocupa poco por el "verdadero ser", o, como dirían los griegos, la esencia: su enfoque es más "práctico" o si se quiere más "existencial". La idea es más o menos esta: de poco sirve que conozcas la naturaleza de las cosas si no conoces al que tiene autoridad y poder sobre ellas y sobre tu propia eternidad.
 
De acuerdo con esto podemos ya enunciar una pregunta de aparente ingenuidad: ¿dónde acaba la Tierra según la Biblia? ¿De qué tamaño es la Tierra?
 
La pregunta llevaría hoy a cualquier estudiante de secundaria a revisar una enciclopedia o hacer una consulta rápida en Google. La respuesta típica: algo más de 12.000 km de diámetro. Esa es la Tierra, según la ciencia. ¿Qué diría la Biblia?
 
Para la Biblia, la Tierra no es un concepto de la astronomía ni de la comparación con otros objetos en un espacio vacío. Tierra alude más bien al lugar o teatro de desarrollo de los acontecimientos humanos, como cuando se habla de "todo el mundo" (ver Mt 4,8; Mc 16,15).
 
Dos pasajes más nos ayudan a precisar nuestras ideas: "Cuando una mujer va a dar a luz, se aflige porque le ha llegado la hora; pero después que nace la criatura, se olvida del dolor a causa de la alegría de que haya nacido un hombre en el mundo." (Jn 16,21) Nacer es, como lo ha canonizado la expresión conocida, "venir al mundo", de modo que, recíprocamente, el mundo es el lugar de los que han nacido.
 
Luego leemos: "De un solo hombre hizo Dios todas las naciones, para que vivan en toda la tierra; y les ha señalado el tiempo y el lugar en que deben vivir" (1 Cor 17,26). Notemos que la tierra no es aquí objeto de estudio o de reflexión en sí misma: es sólo otro nombre para el lugar donde viven los seres humanos y los pueblos todos. Si ese lugar tiene forma esférica o si está confinado a un lugar y asilado por un vacío casi absoluto de otros lugares, es cosa que la Biblia no resuelve por la sencilla razón de que no la estudia.
 
De un modo muy explícito lo dice el salmo: "El cielo pertenece al Señor, y al hombre le dio la tierra." (Sal 115,16). De nuevo: la tierra no es algo considerado "en sí mismo", al modo de la ciencia, sino es una expresión que toma una realidad en su sentido usual y común, y la colma de significación desde los hechos que le interesan, es decir, desde lo que atañe a la respuesta o el rechazo del ser humano frente a Dios.
 
Los judíos de tiempos de Jesús probablemente no sabían mucha geografía. Quizá Jesús mismo ignoraba mucho de la geografía que por entonces era común en gente más ilustrada y recorrida. No podían saber que había habitantes en la Patagonia, pero sí sabían que, si la Patagonia era habitable --y lo era, y lo es--, allí había que proclamar el reinado de Dios. es lo que resulta de un concepto teológico y práctico de "Tierra", como lo tiene la Biblia.
 
Según esto, Marte, ese Marte donde ya están nuestras cámaras, ¿qué es, según la Biblia? Es parte de la "tierra". Y si allá aparece o no aparece vida, eso no rompe el esquema de verdades fundamentales de la creación y la redención expuestas en la Biblia. La Biblia nunca habló de este planeta en cuanto tal, porque no tenía la noción científica de "planeta"; habló del lugar donde el hombre ejerce su señorío, de una manera o de otra (cosa que incluye los Rovers de las NASA). Para la Biblia lo que "estamos" haciendo en Marte no es ir más allá de lo que ella misma llama "Tierra". Así como es cierto que, más allá de un Océano que los apóstoles no conocieron, el Atlántico, estaba la Patagonia, así es verdad que detrás de un océano de oscuro y semivacío está una cosa que llamamos (ejerciendo señorío) "Marte". Desde el punto de vista teológico ahí no hay nada esencialmente distinto.

La "Tierra" de la Biblia es mucho más grande que los 12.000 km de la respuesta de nuestro estudiante de secundaria.

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