lunes, 16 de junio de 2014

Los héroes que las empresas necesitan

¿En verdad existen los héroes? Aquellas historias fantasiosas de personajes con súper poderes que han acompañado a niños y adolescentes en épocas recientes en todo el mundo, han logrado incrustar la idea de que el héroe es el responsable de salvar al universo, y que para ello requiere cierto tipo de acciones espectaculares y notorias que terminen felizmente con aplausos y vítores del resto de la población. Bajo esta perspectiva engañosa, sin poder no hay héroe, sin aplausos menos. Sin embargo, la realidad dista mucho de eso. 



Lo que hoy en día necesitan las organizaciones, más que héroes, son líderes con la fortaleza necesaria para asegurar en las dificultades, la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien común; líderes que tengan la fortaleza de resistir las distracciones y de superar los obstáculos, siendo capaces de vencer el temor y de hacer frente a pruebas (inclusive peligrosas); esa fortaleza que les capacite para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa y correcta.

Se dice fácil, pero obviamente, no lo es tanto. Por algo se dice que: “el espíritu es animoso pero la carne es débil”. Y es que luego aparece el temor, pero no aquel miedo instintivo que nos auxilia para huir de los peligros reales, sino más bien una cobardía que nos hace huir ante las dificultades que deberíamos afrontar, o esas ganas de rehuir las molestias que son necesarias para conseguir el bien difícil.

Si las cosas que valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría” Refrán popular

Hay quien piensa que para no caer en este tipo de cobardía requiere ser muy audaz o temerario y se expone sin necesidad, saliendo al encuentro del peligro sin causa justificada, como se dice popularmente “al aventón”. Se equivoca si cree que eso es valentía.

Otros en cambio, se dejan llevar por la indiferencia. Impávidos, impasibles, no temen a nada, ni a los peligros, aunque sean de muerte, pudiendo y debiendo temerlos. Parece que no fueran conscientes de la responsabilidad que tienen para cuidarse a sí mismos y a los demás, y por ende, a las organizaciones que encabezan. Les da igual, les vale. Por ello los extremos nunca son buenos.

Pero más allá de estos obstáculos, lo que debe quedar bien claro, es que el líder requiere fortaleza de ánimo y de espíritu. No solamente fortaleza física, tan llevada y tan traída en estos días que sería ocioso dedicarle más líneas en este espacio. Por supuesto que se debe cuidar la salud para estar al 100 % para cumplir su tarea; pero lo que queremos señalar es que la fortaleza implica también otro tipo de virtudes o hábitos relacionados, muy necesarios en el mundo empresarial, y es precisamente el líder quien tiene la obligación de ponerlos en práctica.

Por ejemplo, grandeza de ánimo o magnanimidad; que propiamente es una virtud más que una actitud. Es decir, la persona actúa con esta disposición habitualmente y eso implica que como resultado tenga ahora una tendencia del ánimo hacia cosas grandes, una inclinación a acometer obras magnas, espléndidas y dignas de honor en bien de su organización o de su comunidad.

Ojo, no olvidar las limitaciones y las circunstancias de cada momento; tampoco ayuda mucho ser imprudente al presumir que podemos hacer lo que está por encima de nuestra capacidad. De la misma forma, habrá que analizar muy bien para qué hacemos aquello, ¿Es solo la ambición del honor lo que nos mueve? ¿Es la vanagloria? ¿Buscamos fama y buen nombre sin méritos reales en que apoyarla o sin ordenarla a su verdadero fin? 

Es cierto, todos estamos tentados a ello, habrá que tener prudencia. Pero tampoco exageradamente de tal forma que nos vayamos al otro extremo y caer en la pusilanimidad, que por excesiva desconfianza en nosotros mismos o por una humildad mal entendida no hacemos fructificar todos los talentos que poseemos y no nos atrevemos a emprender grandes proyectos.

Como es obvio, cierto tipo de grandes obras o proyectos requieren grandes cantidades de recursos o de tiempo. Hoy en día, cuando vemos esas famosas esculturas, obras de arte, edificios históricos o modernos, o grandes obras de la ingeniería, expresamos que son magníficas; término que se deriva de magnificencia, aquella virtud que en ocasiones deberían tener los líderes para inclinarse a emprender obras espléndidas y difíciles de ejecutar, sin arredrarse ante la magnitud del trabajo o de los grandes gastos que sea necesario invertir.

Pero si omitimos realizarlas por tacañería, buscando hacerlo todo a lo pequeño y a lo pobre, quedándonos muy por debajo, no sólo de lo espléndido y magnífico, sino incluso de lo razonable y conveniente, hemos elegido el camino incorrecto. Otro error sería caer en el despilfarro, es decir, cuando se gasta fuera de los límites de lo prudente.

Tener fortaleza de carácter, tal como la describimos líneas arriba, implica necesariamente ser paciente, esto es, saber soportar sin tristeza ni abatimiento los padecimientos que puedan devenir mientras se alcanza el objetivo, ya sean físicos o incluso morales. Cuántas veces pasa que dejándonos llevar por la impaciencia, nos dejamos dominar por las contrariedades hasta el punto de caer en lamentaciones o en arrebatos de ira que no agregan valor sino todo lo contrario. Hay incluso quienes de plano son insensibles o duros de corazón, no se inmutan ni impresionan ante ninguna calamidad propia o ajena, pero no por algún motivo virtuoso, sino por falta de sentido humano y social.

Cuando el proyecto que deseamos acometer está muy distante de nosotros, o cuya consecución nos hará esperar mucho tiempo se requiere algo más que paciencia, una especie de fortaleza de ánimo que nos impulse a no desistir de emprender un camino adecuado cuando la meta conveniente aparece muy lejana; esto es lo que se denomina el buen hábito de la longanimidad.

De esta manera, no es difícil descubrir y notar que los líderes con fortaleza de carácter son perseverantes y mantienen la constancia. Están inclinados a persistir en el ejercicio de lo correcto a pesar de la molestia que su prolongación les ocasione. Robustecen su voluntad para no abandonar el camino recto por los obstáculos o impedimentos exteriores que le salgan al paso.

Y es que hay ocasiones en las que estamos tentados a desistir fácilmente al surgir las primeras dificultades, provenientes, sobre todo, de tener que abstenernos de muchas cosas placenteras. Pensemos en los deportistas de alto rendimiento, ¡cuánta perseverancia y constancia necesitan para alcanzar sus metas!

Por el contrario, hay personas que se empeñan en hacer algo por sola terquedad. No entienden de razones, se obstinan en no ceder de su opinión cuando sería razonable hacerlo o insisten en continuar un camino cuando el conjunto de circunstancias muestra claramente que es equivocado o inconveniente para él o para su organización.

Así pues, la fortaleza es una virtud necesaria en el buen líder. Es la que le dará resistencia y aguante frente a toda clase de problemas y apuros permitiéndole cumplir con el deber a pesar de todas las dificultades. Y no estamos hablando de esa fortaleza que brilla en los grandes héroes (que afortunadamente existen, humanos y muy reales) sino de aquella fortaleza que se consigue con la práctica persistente y decidida de la vida cotidiana y ordinaria, que constituye el verdadero «heroísmo de lo pequeño».

El líder debe “sacar la casta”, su vigor, no solo en momentos dramáticos sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherente con los propios principios; en el saber lidiar con las ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades; al fin de cuentas, en el camino de la verdad y de la honradez que es lo que le da la autoridad precisamente para ser un verdadero líder.