viernes, 27 de junio de 2014

La ética en la empresa

Resumen de un artículo de Carlos Llano

El relativismo moral y cultural
El relativismo es la enfermedad mortal de las sociedades satisfechas. Consiste en negar que haya unos valores o principios universalmente válidos, es decir, que tengan vigencia en sí mismos, con independencia de nuestras pautas culturales o de nuestras preferencias individuales. Pues bien, lo primero que hay que decir del relativismo es que resulta contradictorio y, por lo tanto, inviable.


El relativista consumado ha de admitir que hay, al menos, una verdad incontrovertible y siempre válida, precisamente aquélla que enuncia su tesis de fondo, a saber: "todo es relativo". Si todo es relativo, hay -al menos- una verdad que no es relativa, ya que paradójicamente el enunciado "todo es relativo" tiene para el propio relativista un valor absoluto.

El relativismo resulta letal para la vida interna de la empresa, ya que excluye radicalmente la vigencia de valores compartidos por todos sus miembros, lo cual hace imposible una auténtica cultura corporativa. En todo caso, esa cultura de empresa o "estilo de la organización" como la llamó hace años Peter Drucker, tendría sólo un valor convencional.

Sería una convención, pero no una convicción. La admitiríamos por interés propio, adulación, comodidad o conveniencia, pero no estaríamos personalmente convencidos de que esos valores comunes que la cultura corporativa nos propone son auténticos bienes que merece la pena hacer propios, promoverlos y, en definitiva, vivirlos. Estaríamos entonces ante una simulación de la cultura corporativa, es decir, ante una cultura simulada pero no vivida. Y esta ficción -en la medida en que fuera proseguible- causaría un tremendo daño a la compañía y, por lo tanto, a cada uno de sus miembros. Porque hay que tener siempre en cuenta que la ética es un saber práctico que nos encamina hacia la vida buena (no hacia la "buena vida"), hacia la vida lograda, y por lo tanto, que su falta nos daña personalmente a todos y cada uno.

Código de Ética o de ConductaEl núcleo ético de una cultura corporativa es su código de conducta. Ahora bien, observemos que la implantación formal de un código de conducta en la empresa no asegura que se aprecien y se practiquen los valores y normas que en él se establecen. Basta con advertir que el código de conducta es algo que puede aprenderse de manera teórica, mientras que la rectitud moral y la competencia profesional han de adquirirse trabajosamente, dentro de una comunidad de aprendizaje y gracias a continuos ejercicios de ensayo y error, de equivocaciones y rectificaciones.

La posesión -e incluso la observancia superficial- de un código de conducta no debe confundirse con la vigencia de los principios éticos que han de encaminar la andadura de una corporación. Naturalmente, hay principios particulares de cada empresa, que tienen en cuenta el carácter de sus operaciones, la idiosincrasia de su personal y las características culturales de su entorno. Pero tales principios particulares presuponen la existencia y el seguimiento de principios éticos generales.